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Francisco Varela: Neurofenomenología, enfoque enactivo de la cognición. (2)

Francisco Varela: Neurofenomenología, enfoque enactivo de la cognición, mentes sin yo y el elusivo fenómeno de la conciencia. Parte 2.

“El mundo no es algo que nos es dado, sino alguna cosa en la que tenemos parte gracias al modo como nos movemos, tocamos, respiramos y comemos”.

5.- Mundo y sujeto: percepción/comprensión/intervención.

En acción: otra lógica de la cognición: Tomando para sí el desafío que colocó para la filosofía en general, Varela empieza por delinear una nueva concepción del mundo o de la realidad. “El mundo no es algo que nos es dado, sino alguna cosa en la que tenemos parte gracias al modo como nos movemos, tocamos, respiramos y comemos”. En otras palabras, el mundo o la realidad no es un hecho, es algo donde sujeto y objeto, observador y observado se implican, se delinean, se condensan y se diluyen permanentemente.

Esa visión del mundo es incompatible con nuestra manera de concebir el sujeto u observador como alguien previamente definido y estable, dotado de un aparato cognitivo estructurado por medio de reglas fijas de tipo lógico, apto a representar el mundo de modo duradero a través de conceptos y fórmulas abstractas y consistentes. Un sujeto así es la expresión de un mundo estable y sería ahora obsoleto, una vez que el mundo concebido por Varela (1995) tiene en la inestabilidad su nota caracterizadora. Por ello, se hace necesario formular una concepción de sujeto o de observador y una concepción de cognición compatibles con la visión del mundo como algo inestable, en permanente proceso de delineación, de re-estructuración. Sobre esos dos puntos, la tesis fundamental de Varela, conforme es señalada por Morão (1995):

“Se basa en la concepción del observador como sistema, autopiético (esto es, auto–organizador), en lo complejo de las interacciones con el medio, e integrado en un contexto histórico y social, lo cual, se mira como respuesta a la presión del devenir biológico de la especie, en su larguísimo esfuerzo de adaptación a las variaciones del ambiente. El observador es, pues, como sistema vivo, como realidad cerebral y neuronal, una unidad de interacciones con el contexto en que se encuentra; o que implica una circularidad inextricable con lo percibido”.

Ahora, si el mundo y la realidad no son algo dado, sino un proceso, si el observador no es un sujeto cognitivo definido, sino alguien que se va definiendo en la interacción que responde la presión del devenir biológico de la especie, si ambos implican una circularidad, ¿cómo aprehender esa circularidad? ¿Cómo tornarla accesible y comprenderla?

Para visualizar la circularidad del observador con lo percibido, Varela (1995) propone el término enacción. “Enacción significa hacer emerger mediante la manipulación concreta”. La palabra viene del Inglés enaccion, del verbo enact, que significa figurar, representar, poner en acto, promulgar. Enacción se refiere a la relación estrecha que, según Varela, existe entre acción y agente en el proceso cognitivo, éste, a su vez, sería esencialmente performativo.

La preocupación central de la visión enactiva se contrapone al punto de vista normalmente aceptado, de que la percepción es sustancialmente un registro de informaciones ambientales existentes con el fin de reconstruir una parte de la realidad del mundo físico. En el abordaje enactivo, la realidad no es un dato: depende del sujeto que percibe, no en virtud de hacerse por capricho, sino porque lo que cuenta como mundo relevante es inseparable de lo que es la estructura del sujeto envuelto en la percepción.8

6.- “La mente no está en la cabeza” o La cognición está enactivamente encarnada.

Uno de los más importante avances en la ciencia en los últimos años es la convicción de que no podemos tener nada que se asemeje a una mente o a una capacidad mental sin que esté totalmente encarnada o inscrita corporalmente, envuelta en el mundo. Surge como una evidencia inmediata, inextricablemente ligada a un cuerpo que es activo, que se mueve y que interactúa con el mundo.

Es ante la conciencia inmediata donde se genera la sensación de “yo” en cuanto agente de intenciones y volición, y – de allí – la conciencia autobiográfica. En este nivel superficial sólo se confirma que nuestros actos son voluntarios, lo que no quiere decir –ni implica– que lo tales sean libres.

Pensar la conciencia como un producto de un proceso lógico-secuencial es un supuesto difícil de sostener dada la vasta evidencia actual de que el cerebro está en constante actividad, con múltiples áreas que se activan de manera simultánea, y por otra parte en un organismo que siempre se encuentra en movimiento.

Se puede transformar la máxima “La mente no está en la cabeza” en una lógica más estructurada: La cognición está enactivamente encarnada. “Enactiva” es una etiqueta que utilizo aquí en su sentido literal ya que la cognición es algo que producimos por el acto de manipular, por medio de una manipulación activa: es el principio fundacional de lo que es la mente. Como traté de mostrar anteriormente, esto implica una profunda co-implicación, una co-determinación entre lo que parece estar afuera y lo que parece estar adentro. En otras palabras, el mundo ahí afuera y lo que hago para estar en ese mundo son inseparables.

Esta perspectiva de la mente como enactivamente encarnada tiene dos consecuencias ya que, si la mente no está en la cabeza, ¿dónde está? Este es precisamente el punto: es en este lugar de la co-determinación entre lo interno y lo externo, luego no podemos decir que está afuera o adentro. La otra consecuencia que se deriva de esto y que ha sido menos enfatizada, es que la mente es inseparable del organismo como un todo. Tendemos a creer que la mente está en el cerebro, en la cabeza, pero el hecho es que el ambiente también incluye al resto del organismo: incluye el hecho de que el cerebro está íntimamente conectado con todos los músculos, con el esqueleto, los intestinos y el sistema inmunitario, los flujos hormonales y así sucesivamente. Hace de todo el conjunto una unidad sumamente apretada.

En otras palabras, el organismo como una red de elementos totalmente co-determinados determina que nuestra mente sea, literalmente, inseparable, no sólo del ambiente externo, sino también de aquello que Claude Bernard denominó el milieu intérieur, el hecho de que no sólo estamos dotados de un cerebro sino de todo un cuerpo.

El cerebro transforma información en estados funcionales bioquímicos y celulares. Allí toman parte las propiedades del agua, las propiedades de los canales, etc. Es decir, no hay simplemente “información que pasa”. Esa información cambia el sistema profundamente, lo cambia hasta su estructura molecular: construye nuevas proteínas. El sistema nervioso no es simplemente un sistema de comunicación. El cerebro establece estados funcionales internos que ya tiene cuando nació. En otras palabras, nosotros no aprendemos a ver el rojo y el verde, nosotros sabemos qué es el rojo y el verde porque los sentimos. Los computadores no sienten. No podrán comer, no podrán repararse a sí mismos, no van a tener la posibilidad de cambiar las moléculas de su estructura.

Varela sostiene, como se vio, de manera muy convincente, que “la mente no está en la cabeza”, es decir, la mente se enraíza en un cuerpo pero también en el medio ambiente. Es un proceso que trasciende nuestros cerebros. No está ni adentro ni afuera, se encuentra más allá de esas divisiones aparentes…

El hecho de que cualquier aspecto de la vida –el amor, la moral, la creatividad, etc. – pueda presentarse como un estado funcional del cerebro, no significa que el cerebro sea la causa de dichos estados. Esto sería como decir que el radio es la causa de la música que se escucha en el radio. La causa de la música está en otro lugar.

Pero ¿estudiar la conciencia partiendo de las neuronas no sería como estudiar la música desde los instrumentos musicales? Los instrumentos, desde luego, no son la música, como tampoco lo son las relaciones entre los instrumentos.

Mi mente no existe sin vuestra mente, es decir, “yo” no es posible, el origen, la generación, la aparición de algo que uno pudiera llamar individuo, curiosamente descentrado sin que esté ya en una especie de reflejo no especular, sino que francamente engarzado con el otro, estas observaciones van más allá de lo obvio, que los niños necesiten cuidados y que por lo tanto el mundo interpersonal, es ya un mundo interpersonal, por lo tanto las primeras experiencias ya están en el reflejo, en este entrelazamiento permanente con el mundo social, que es prelingüístico en gran medida, a pesar de que prelingüístico dentro de un mundo lingüístico, pero desde el punto de vista del bebé eso es todavía como una especie de flujo sonoro y va más allá de eso. Esa idea de que la mente está en la cabeza va mucho más allá, no sólo porque está el cuerpo y no sólo porque está en la danza con el mundo, sino que está realmente distribuida en la sociedad como fenómeno social.

Como se ha señalado, la mente no está en la cabeza, tampoco el saber, lo que nos aparece (comparece) es el mundo, con sus tonalidades y matices, las preferencias y los rechazos prerracionales, es lo constitutivamente dado desde ese flujo pulsional y neuroquímico que yo no escojo, sino que más bien me constituye; lo emocional (el querer), el deseo tras del cual estamos direccionados, y que no es más que el abrazo del organismo, del cuerpo entero, instancia originaria y principal que nos aparece como el mundo.

Así un enfoque de la mente sin yo cobra forma con la separación cognitivista de conciencia e intencionalidad. La cognición puede ser estudiada, desde esta perspectiva, como un fenómeno emergente en redes autoorganizativas y distribuidas. Se trata de una modalidad mixta, “societaria”, de descripción de los procesos cognitivos y la experiencia humana.

Ahora bien ¿qué confusión podría inducir la idea de un agente central o yo? La palabra “yo” es una manera cómoda de aludir a una serie de acontecimientos y formaciones mentales y corporales, que tienen un grado de coherencia causal e integridad en el tiempo. Y el Yo con mayúscula ejemplifica nuestra sensación de que estas formaciones transitorias ocultan una esencia real e inmutable que sería la fuente de nuestra identidad y que deberíamos proteger. Pero como hemos visto, esta convicción pareciera infundada y como Minsky señala –con perspicacia– también resultaría dañina, ya que el modelo coherente de hábitos originados en forma dependiente, que reconocemos como una persona, y el yo que una persona puede creer que tiene, y al que constante –pero infructuosamente – procura aferrarse aunque en realidad no exista.

7.- De los micromundos a los minitransiciones de la trama vida.

Para la tradición epistemológica occidental, las unidades de conocimiento son de carácter abstracto y es desde ese nivel que se pretende dilucidar la compleja trama del mismo, entendiendo el ámbito de las vivencias concretas como resultado. Pero sucede que este conocimiento concreto, su historicidad y su contexto, no es un “ruido” que oscurezca la pureza de un esquema esencial, de una configuración abstracta.

En el fenómeno del conocimiento las cosas, pues, han sido planteadas al revés y actualmente ha comenzado un viraje radical. El núcleo de esta nueva visión es la convicción de que las verdaderas unidades de conocimiento son de naturaleza eminentemente concreta, encarnada, incorporada, vivida.

 Asunto decisivo que interviene simultáneamente con lo expresado: la trama de nuestra vida sucede en el presente.

Siempre operamos en la inmediatez de una situación dada, lo que constituye una unidad dinámica, autocomprensible para el conocedor. Es esto, más específicamente, lo que Varela llama micromundo, es decir, una configuración que actúa localmente en el presente y en la que la propia configuración opera como centro cognoscitivo, en proceso autopoiético.

Por lo mismo, tenemos una disposición a la acción propia de cada situación específica que vivimos. Poseemos una microidentidad, que se revela continuamente y en una secuencia de pautas codeterminadas por el conocedor y el mundo.

Pero cada micromundo así constituido es frágil en cuanto a que a cada instante se puede dar un quiebre. Hay, así, transiciones que separan las microsituaciones. A esas minitransiciones es a las que Varela llama quiebres.

Enunciado: ser capaz de una acción efectiva es la forma en que encarnamos un conjunto de transiciones recurrentes entre micromundos.

Otro asunto interconectado con el expresado: la forma como nos presentamos no puede disociarse de la forma en que las cosas y los demás se presentan ante nosotros. Esto significa mucho más que un tránsito de ida y vuelta.

Espera la segunda parte el día de mañana.

Fuente: http://bit.ly/2qderCB

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