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Francisco Varela: Neurofenomenología, enfoque enactivo de la cognición. (3)

Francisco Varela: Neurofenomenología, enfoque enactivo de la cognición, mentes sin yo y el elusivo fenómeno de la conciencia. Parte 3.

En la concepción actualmente dedicada a la investigación sobre la percepción y el conocer, el punto de partida para comprender la percepción es abstracto.

8.- El conocer como enacción.

Así las cosas, en la concepción actualmente dedicada a la investigación sobre la percepción y el conocer, el punto de partida para comprender la percepción es abstracto: consiste en el problema del procesamiento de información para recuperar propiedades del mundo predeterminadas.

En cambio, para el enfoque enactivo se trata de analizar cómo el que percibe guía sus acciones en situaciones locales. Estas situaciones locales cambian de continuo, como resultado de la actividad del que percibe.

Enacción proviene del inglés, to enact, “hacer emerger” y refiere a la concordancia entre percepción, procesos cognitivos y agente. Tal concordancia significa que el que percibe guía sus percepciones de acuerdo con su configuración orgánica y que el resultado, el conocer, no es captación de propiedades, singularidades o estructuras de un mundo de afuera. Así enacción es la cognición corporizada.

La realidad, en esta perspectiva, ya no es lo que era para la concepción moderna, un mundo separado del conocedor que se va internalizando a medida que se conoce. La realidad no es algo dado: es dependiente del que percibe. Lo que cuenta como mundo relevante es inseparable de la estructura del que percibe. La cognición es, así, un continuo de acciones encarnadas, enactuadas.

Se establece, de esta forma, que se está asistiendo a la emergencia de una comprensión más profunda de la percepción, la que no consiste en recuperar un mundo pre-establecido, sino que consiste en una acción perceptualmente guiada, en un mundo que es inseparable de nuestras capacidades sensorio-motrices, y que las estructuras cognitivas “más elevadas” también surgen de pautas recurrentes de acción perceptualmente guiada.

Por lo tanto, la cognición no consiste en representaciones sino en acción encarnada, y esta es una acepción todavía más ajustada de “enacción”.

Podemos decir que el mundo que conocemos cotidianamente no está pre-establecido; más bien, es un mundo enactuado, es decir, que surge simultáneamente con el proceso de cognición y que, –textualmente– emerge.

Los goznes temporales, que son quienes articulan la acción están enraizados en el número de micromundos alternativos que son activados en cada situación. Estas alternativas constituyen, a la vez, la fuente del sentido común y de la creatividad en la cognición.

Dado entonces que el conocer se construye desde pequeños dominios, desde micromundos y microidentidades, que no están constreñidos por una historia unívoca, nos enfrentamos a una novedosa realidad postcartesiana.

Esto supone además, que se comienza a reconocer que el simple hecho de estar ahí se encuentra muy lejos de ser “simple” o cuestión de reflejos.

Y surge, correlativamente, la diferencia entre este «estar-ahí» y los procesos mentales y de acción pautados por la intención.

La intención es habitualmente entendida como un proceso mental que pretende obtener un determinado resultado de una determinada acción y que acaba convirtiéndola en un medio para alcanzar un fin. La acción se lleva a cabo, pues, con la intención puesta en sus consecuencias. Yo actúo para alcanzar un determinado resultado.

Pero cuando cada instante se vive de un modo pleno no es preciso buscar sentido alguno para la existencia proyectado en un futuro.

El involucramiento de la mente con diversos tipos de búsqueda, le impide actualizar su naturaleza no aprensible. Efectivamente, en el mismo momento en que lo obtiene (al resultado buscado) quiere otra cosa. En el fondo, lo único que la mente quiere es alcanzarse a sí misma, aunque lo realmente irónico es que eso es lo único que jamás podrá alcanzar, aunque no por ello deje de seguir buscándolo. Muchas investigaciones en el ámbito de las ciencias cognitivas están alcanzando la convicción de que la mente es un proceso y no un ente. Si es un proceso sus secuencias son indefinidas.

Por cierto que intentamos de continuo alcanzar objetivos, lograr resultados en un futuro más o menos cercano, culminar planes y cosas por el estilo. Parece imposible oponerse a esa intencionalidad y tampoco es cosa de hacerlo ya que admitimos que esa tensión hacia delante forma parte de nuestro bagaje existencial.

Por lo demás, es muy notorio el correlato filosófico de esta experiencia dado por la intencionalidad tal como la estudia la fenomenología, como para no admitir como importante esta modalidad de nuestra vida mental y de nuestra experiencia.

No se trata, pues, de oponer la importancia del presente a la intencionalidad. No es un dualismo lo que pretendemos para esta vinculación. Más bien, la vivencia de la intensidad del presente es una actitud (una actitud moral) que se distingue de la otra actitud. En todo caso, es el tono de la intensidad, en una y otra modalidad, lo que constituye la diferencia.

9.- La inmediatez de las habilidades éticas

Lema que es al unísono conclusión: Un experto en ética es aquel que es un participante total en una comunidad. En la lista de aspectos claves de nuestra vida, de nuestro accionar, que se manifiestan como “saber-cómo”, se debe incluir: responder a las necesidades de los demás.

Tanto filósofos como científicos preocupados por la mente y la cognición, han descuidado tremendamente la importancia y el papel central de la inmediatez de las habilidades.

Es necesario tomar conciencia, pues, de cómo aspectos importantísimos de nuestras vidas –trabajar, movernos, hablar, comer– se manifiestan bajo la forma del saber-cómo.

Y, en forma concomitante, lo reducida que es aquella parte de nuestras existencias dedicada al análisis deliberado e intencional, que es sintomático del saber-qué. Sin embargo, en occidente, fijamos nuestra atención en ésta última categoría y de aquí que tanto filósofos como científicos han concentrado su atención en ella descuidando cualquier otra alternativa.

Queda claro que movernos, trabajar, comer, etc., son acciones de nuestra vida cotidiana (no son excepcionales) y que todas estas actividades, además, responden a las necesidades de los demás. Es decir, que las conclusiones a que se arriben se deben aplicar de igual modo al estudio de la acción y de la pericia ética.

En contraste con esta revelación clara, contundente, muchos escritores contemporáneos siguen insistiendo en la importancia del razonamiento para alcanzar la madurez moral.

Por ejemplo, un autor como Macintyre, analizando la “Etica a Nicómaco”, concluye que para Aristóteles, en una vida virtuosa (esto es, signada por aretés consolidados) el agente moral se reduce a ser un actor competente que escoge deliberadamente (es decir, racionalmente) entre máximas:

“En el razonar práctico, el poseer un sentido adecuado de la tradición a la que uno pertenece… se hace manifiesto en el tipo de capacidad del agente para admitir juicios y saber cómo elegir entre las máximas relevantes y aplicarlas a una situación particular.”

Enfrentados a una concepción de este tenor, Varela reivindica el papel central de nuestro comportamiento basado en los hechos de la cotidianidad y pautado por una acepción de «experiencia» que aúna holísticamente espontaneidad y raciocinio, activados en círculos autopoiéticos.

¿Cómo adquirimos nuestro comportamiento ético? Lo adquirimos –dice Varela– de la misma forma en que adquirimos todos los demás tipos de comportamiento: ellos se vuelven transparentes para nosotros a medida que crecemos en sociedad.

Transparentes: se asimilan a nuestro quehacer en el mundo a un grado que pasan desapercibidos para nosotros como agentes. Y el aprendizaje también resulta ser un complejo, denso círculo autopoiético. Es circular, ya que aprendemos lo que se supone que debemos ser para ser aceptados como aprendices.

Bajo este prisma, un experto en ética, es aquel que es (se constituye en) –un participante total en una comunidad. La ética sólo adquiere sentido si se la reflexiona en el seno de una comunidad.

Macintyre es uno de los autores que postula una ética comunitarista pero al modo aristotélico: la pericia se va logrando a través del trabajo racional sobre hábitos y tendencias que no lo son.

Aquí, en cambio, nos situamos en una perspectiva holística: no existen en el agente tendencias que deban ser siempre disciplinadas por la racionalidad. Lo biológico y lo mental, lo espontáneo y lo moral, juegan simultáneamente en la conformación de lo que hacemos, en la elaboración de nuestros actos.

Es más, frente a esta racionalización, que solo toca a unos pocos (según Aristóteles, a los expertos en filosofía, vale decir, los intelectuales) somos todos expertos, todos pertenecemos a una comunidad determinada, ampliamente constituida de forma precedente a nosotros, en la que, imbricados en una narrativa histórica, nos movemos con soltura.

Cuando uno es la acción, no quedan trazas de conciencia de sí mismo para observar la acción desde afuera. El punto clave es, otra vez, la acción intencional versus la acción sin intencionalidad. Desde el punto de vista habitual, parece absurdo renunciar a las intenciones. Pero lo que no advertimos (y sí lo advierte la meditación, como veremos) es que en gran parte de nuestra existencia abundan los actos sin intencionalidad, sin teleología (vestirse, comer, dormir,…). La actividad no intencional no significa actividad al azar o puramente espontánea. Es actividad que a través de la atención adecuada se ha transformado en comportamiento encarnado, comunitario, y que puede adoptar sinnúmero de formas en su itinerario.

El elemento clave es que nuestros micromundos y microidentidades no constituyen un yo sólido, centralizado y unitario, inconmovible ante los procesos de cambio sino más bien una serie de patrones cambiantes que se conforman y luego se desarman. Es decir, que el yo no posee naturaleza propia, carece de cualquier sustancialidad.

La actividad del yo desunido se refiere específicamente a lo que llamaremos el: sólo por ahora.

El sunya (vacío) del yo lleva a la experiencia del presente, sin melancolías por el pasado ni ansiedades por el futuro. Es sintomático que en los textos de las Tradiciones de sabiduría oriental no se encuentran pasajes que se dediquen a esos estados emocionales.

El elemento decisivo es que nuestros micromundos y nuestras microidentidades no constituyen un yo sólido, permanente y centralizado sino (podríamos escribir: “todo lo contrario…”) que constituyen una serie discontinua de patrones, dinámicos y cambiantes, que se crean y se disuelven en un proceso histórico, esto es, contextualizado. También es verificable, pues, una sucesión discontinua de microhistorias, ya que la vida del conocer y del percibir no son parte de un flujo continuo.

Esto significa que el yo no tiene una naturaleza propia, no posee sustancialidad. Es el sunya (vacío) del yo.

Hay que indicar de inmediato y a fin de aventar falsas apreciaciones, que ello no significa que el yo no exista. Lo que sucede es que el yo cognitivo es su propia implementación, donde su acción y su historia forman una unidad dinámica.

¿Somos criaturas únicas, provistas de un yo, diferentes del resto de las criaturas? ¿O nuestro sentido fuerte de un yo central es una ilusión?

Es una ilusión: lo que llamamos nuestro yo es un producto de las actividades de que hemos hablado agregando ahora el nivel del lenguaje, esto es, las capacidades lingüísticas recursivas que poseemos, aunado a nuestra formidable capacidad para la autodescripción y la narrativa.

El lenguaje, neurálgico elemento en nuestra constitución, co-habita con nuestra capacidad cognitiva. De modo que nuestro sentido del yo personal puede interpretarse como una continua y dinámica narrativa –siempre alejada del equilibrio.

Tenemos, pues, un yo narrativo. Que, si se constituye por y a través del lenguaje, necesariamente es social (el lenguaje no existe más que socialmente).

Ese yo no es privado ni público, los incluye a ambos. Es lo que sucede también con los valores, es decir, con la moral. Enunciado: la moral es pública y privada.

El saber-cómo es el conocimiento progresivo, de primera mano, de la virtualidad del yo. Tal virtualidad hace de la realidad social del yo una consecuencia de primerísimo orden.

El comportamiento tendrá su prueba de fuego en la espontaneidad con que se experimente la relación con los otros. Que se trata, hay que decirlo de inmediato, de una espontaneidad forjada a lo largo de una experiencia cargada de valores y no de lo que habitualmente se entiende por espontaneidad. Una espontaneidad sabia, donde la sabiduría debe entenderse como el saber inmediato de la acción no-intencional.

10.- Mentes sin yo, agentes divididos.

“La mente, la experiencia no está en la cabeza, la mayor parte esta descentrada es una concurrencia de muchos flujos, de lo emocional, de lo postural, de lo relacional que van cada uno en una especie de… flujos cambiantes constantemente”.

En la noción dualista que proponía Descartes y parte del pensamiento occidental estaba dado en que la mente está separada del cuerpo y es entendida como “una sustancia pensante”.

Para la corriente constructivista y en particular para Humberto Maturana y Francisco Varela (biólogos) la mente ya no es considerada una sustancia, sino un proceso, la causa es el conocer. Por eso el pensamiento constructivista hace del hombre pensante el único responsable de su pensamiento, de su conocimiento y hasta de su conducta (conocer no es tener una representación del mundo exterior, sino acción inmediata encarnada, que implica una disposición emocional, lingüística y corporal).

A su vez, este pensamiento se caracteriza por concebir la autonomía como superadora de la visión mecanicista y determinista anteriormente mencionada. Como explica Morin, “la definición de sujeto supone la autonomía-dependencia del individuo”, en donde aparece una palabra clave como la de “autopoiesis”: de cómo nos producimos a nosotros mismos (la construcción de sí mismo). Y es más, los sistemas autopoiéticos no se caracterizan por su autoconservación estática (como dice García Blanco), sino por la autoproducción: por la capacidad de cada estado del sistema de participar constitutivamente en la producción del estado subsiguiente, que solo se actualiza en virtud de interacciones ambientales siempre condicionadas y reguladas por la autorreferencia del sistema, es decir, que los componentes estructurales cambian todo el tiempo.

Vale destacar que la noción de autonomía está ligada a la noción de dependencia, y esta a su vez es inseparable de la noción de auto-organización. La experiencia así como los objetos de la experiencia, son en todas las circunstancias el resultado de nuestro modo y forma de experimentar (“No existe otro mundo excepto el que experimentamos por medio de estos procesos”). Pero no hay que olvidar que para ser autónomo hay que depender del mundo externo, de la naturaleza exterior, entonces es cuando pasamos de la auto-organización a la auto-eco-organización.

El conocimiento entonces es construido a partir de las experiencias individuales. Todos los tipos de experiencia son esencialmente subjetivos, y gracias a que nuestra cognición y a nuestro sustrato biológico se superponen, forman aquella vivencia que es la más familiar y al mismo tiempo la más indescifrable, la que nos forma a nosotros mismos. Y es así como un organismo cognoscente evalúa sus vivencias, sus experiencias, sus prácticas y porque las evalúa, las ajusta y las calcula, entonces tiende a hacer que se repitan unas y sean evitadas otras. Von Glasesfeld hace una referencia a esto diciendo que: “el saber es construido por el organismo viviente para ordenar lo más posible el flujo de la experiencia en hechos repetibles y en relaciones relativamente seguras”.

Por ultimo hay que destacar el rol y la importancia del lenguaje en el pensamiento constructivista, y Von Foerster lo realiza de manera precisa y categórica añadiendo que: si uno inventa algo, entonces es el lenguaje el que crea el mundo; si en cambio uno piensa que ha descubierto algo, el lenguaje no es más que una imagen, una representación del mundo”. Entonces los conceptos de ética y de ver se conectan, se entreveran y dan cuenta de cómo construimos nuestras representaciones de mundo, como nos relacionamos con la sociedad, con la familia, con comunidad, con la sociedad, con el ambiente…

Fuente: http://bit.ly/2qderCB

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