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Las pastillas cubren síntomas, pero no resuelven problemas.

Somos la sociedad de los “problemas”. Problemas de trabajo, problemas de pareja, problemas con los hijos, problemas con los vecinos, problemas con la alimentación, con el orden, con los objetivos vitales…

Les llamamos problemas pero en realidad bien podríamos calificarlos como vivencias inevitables. Nos estamos acostumbrando cada vez más a darles un nombre de carácter negativo, enfermizo y desesperanzador.

La palabra problema nos coloca en posición de víctimas y nos hace pensar que necesitamos una ayuda externa para salir de esa podredumbre en la que estamos inmersos. En la actualidad, las recetas de psicofármacos, en particular ansiolíticos y antidepresivos, están extendidas en exceso. Se llegan a prescribir pastillas para hechos de la vida a los que nosotros mismos le ponemos el apellido de problemas.

Piénsalo por un momento, ¿es capaz el antidepresivo de solucionar el hecho de que tu pareja te ha dejado? ¿Es capaz esa pastilla de hacer que tu relación con el jefe sea de mayor calidad? Un reciente estudio publicado en la revista médica -The Lancet- nos deja bastantes dudas sobre los efectos de los antidepresivos, tanto en niños como en adolescentes.

En la investigación, en la que participaron más de cinco mil personas con depresión y se utilizaron 34 ensayos y 14 tratamientos antidepresivos diferentes, se llegó a la conclusión de que estos no aportaban ningún beneficio.

De hecho, los participantes sufrían de multitud de efectos secundarios, entre ellos, el incremento de pensamientos suicidas.

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La depresión no se cura con pastillas

Antes de nada, es necesario que hagamos una distinción entre depresión endógena y exógena. La primera es causada por desequilibrios bioquímicos en el cerebro, en particular de serotonina. La segunda es reactiva a cambios o pérdidas vitales importantes o de reforzadores como por ejemplo, que nos despidan de un trabajo, que se muera un familiar cercano o cambiar de residencia.

No obstante, los casos de depresión endógena son muy escasos y los que más abundan sin duda alguna son los otros. El problema estriba en que en las consultas médicas se están tratando este tipo de depresiones reactivas mediante fármacos antidepresivos que no producen ningún beneficio al paciente, ya que la mejoría que puede sentir muchas veces es debida más a un efecto placebo o el propio paso del tiempo que a la pastilla.

El antidepresivo no sabe qué te ocurre, por lo que estás pasando, no te escucha ni se pone en tu lugar. La pastilla lo único que hace es un efecto de analgesia en tu organismo y es por ello que puedes notar que sufres menos, pero no es la solución a tu problema real.

Existe el problema de que culturalmente se han popularizado demasiado los psicofármacos y es el propio paciente el que al entrar en consulta pide el antidepresivo sin contemplar otras opciones. Es tan grande el miedo a sufrir, a no ser felices, que preferimos optar por la vía rápida y fácil, pero que apenas funciona.

En este sentido, es necesario que el profesional de la salud que lo esté atendiendo se esfuerce por estudiar su caso concreto y comprobar si realmente necesita del fármaco o podría beneficiarse mucho más asistiendo a psicoterapia. Es aquí donde el médico ha de saber decir que “no” a su paciente, al margen de las reacciones que esto pueda acarrear en él.

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La psicoterapia es la alternativa de elección

Para salir de una depresión exógena, la principal alternativa es la psicoterapia. ¿Por qué razón? Como hemos comentado, el antidepresivo solo actúa a nivel fisiológico, contrarrestando esos desequilibrios bioquímicos cerebrales.

Pero es que ni siquiera aún están claros los cambios neuroquímicos asociados a la depresión. Se atribuye a la serotonina, pero los estudios no acaban de confirmar si el descenso de este neurotransmisor en el cerebro es causa o consecuencia.

El fármaco no puede enseñarte nada ni tú puedes aprender nada de él. No te va a dar herramientas que te permitan salir de esos problemas ni tampoco puede entender la causa íntima de tu depresión.

Sin embargo, un terapeuta, es una persona, igual que tú. También ha tenido o tiene problemas como tú, puede empatizar contigo, ponerse en tus zapatos, brindarte un hombro sobre el que llorar y, una vez que hayas drenado tus heridas emocionales, podrá enseñarte multitud de estrategias para que te ayudes a ti mismo a salir de ese pozo oscuro.

Es más lento, requiere mucho esfuerzo por tu parte, ya que aquello que merece la pena, a veces cuesta más, pero te permitirá, poco a poco, cambiar tu manera de verte a ti mismo, al mundo y al futuro, tu manera de afrontar la vida.

Recuerda: los problemas son inevitables, forman parte de la vida. Se convertirán en desesperanza solo si tú decides que sea así. El sufrimiento es desagradable, pero será peor si no lo toleras. Medicalizar la vida es llenarla de parches pero no de soluciones.

Fuente: http://bit.ly/2aaR1eC  //   Por: Alicia Escaño Hidalgo

 

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