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LIBERANDO A LA MADRE

La relación con la madre es la más importante de nuestra vida, la primera relación que consideramos privada y única y en base a la cual, construimos todas nuestras demás relaciones. Biológicamente, necesitamos de una madre para sobrevivir y con el paso de los años, vamos comprendiendo que mucha de nuestra personalidad, valentía, miedos, frustraciones, tienen su reflejo perfecto en nuestra madre.

Esa madre, le enseña a su hija mujer, cómo vestir, cómo hablar, cómo interactuar en la sociedad, cómo reaccionar ante un hombre, cómo ser femenina, cómo ser coquetas, qué carácter tener, cómo tratar a su pareja, etc. Y del mismo modo, cómo no ser, es decir, la hija mujer hará todo lo contrario.
Esa madre, le enseña a su hijo hombre, el tipo de mujer que debe buscar o rechazar como pareja. El hijo buscará una mujer como su madre, que haga lo mismo y reaccione igual ante la vida, o bien, buscará a alguien completamente distinta, más fuerte o más blanda.

En la gran mayoría de las terapias psicológicas, es fundamental estudiar la relación con la madre, pues es ella la que alimenta real y simbólicamente a los hijos. Habrá de averiguarse, si la madre estuvo presente o ausente en las principales vivencias del hijo o de la hija, si la madre defendió o acusó al hijo o a la hija, si la madre atendió o ignoró al hijo o a la hija, si la madre confió o desconfió del hijo o de la hija, si la madre fue amorosa o violenta con el hijo o la hija, si la madre vio al hijo o hija como recompensa de la vida o como pesada carga.

Y si se analizara la vida de todos los seres del mundo, llegaríamos a casi un 90% de casos, en que todos nosotros guardamos a un niño o una niña herida emocionalmente por su madre. La mente humana es tan singular, que si la madre nos alimentó durante 15 años, no lo recordamos. Lo que recordamos, es el día en que nuestra madre, nos dijo miedosos aquella ocasión en que no quisimos trepar en aquel juego del parque. El subconsciente, acumula todas nuestras vivencias, eso es un hecho. Pero lo que queda grabado en nuestra memoria, es el dolor y dicho dolor nos hace vulnerables y propensos a sentir que “no nos amaron como queríamos ser amados”. “No fuimos comprendidos como debíamos ser comprendidos”.

Poco a poco y ya como adultos, aquellos niños o niñas resentidos, vamos armando un gran caparazón a nuestro alrededor. Amamos a nuestra madre, sí. Pero ocultamos el dolor de cada hecho negativo en el grado en que dicho dolor nos haya herido o aún nos duela. Nuestra mente inconsciente, determina que la madre “es mala” y en base a ello, continuamos con nuestra vida lo mejor que podemos. Pero la madre no es mala, de ninguna manera. Claramente actuó siempre, como ella pensó que era lo correcto y es más, ni siquiera recuerda todos los hechos que como adultos, nosotros traemos cargando y sufriendo.

A esto, hay que sumarle, que cultural y socialmente, las madres son sagradas. A la madre hay que amarla, venerarla y respetarla por encima de todas las cosas. Lo que nos obliga necesariamente, a sentir culpa, si en determinado momento, pensamos algo negativo de ella. Esto convierte nuestra mente en un caos y nos derrumba como adultos.
Simplemente, llevamos años y años cargando dolor, rabia, culpabilidad, resentimiento, coraje, impotencia, tristeza, y la única manera de sanarlo es reconciliarnos con esa madre.

Al reconocer conscientemente, que en nuestro profundo interior, nos sentimos solos, desvalorizados, rechazados, lograremos aceptar que no fue siempre, no fue todos los días, también hubo cosas buenas y ha sido un error cargar con dichas emociones, radicalmente negativas. Claramente también, deberemos llegar al punto en que podamos reconocer los hechos específicos que nos han hecho sentir mal sin generalizar que nuestra madre es mala, así como reconocer a vez, que nuestra madre, tampoco es totalmente buena.

Las heridas que yo puedo traer cargando, pueden ser tan pesadas como mi carácter individual me lo hagan sentir. Tal vez mi madre era en exceso sobreprotectora, o nunca me valoraba, o me halagaba de más y sonaba falsa, o me abandonó, o me manipulaba, o me comparaba, o me hacía sentir miedo, o me exigía demasiado, o me engañaba, o era demasiado autoritaria, o no confiaba en mí, o vivía ajena a mí. Situaciones, pudieron ser muchas, pero en nuestra inteligencia y capacidad para razonar, podemos comprender que nuestra madre, también cargaba con sus propias heridas. Heridas que ella cargaba de mi abuela. 

Y es justo en éste punto, que comenzamos a liberarnos, porque comprendemos que ha sido una larga historia a través de generaciones, lo que me ha ocasionado estos sentimientos.

Comenzamos entonces, a comprender, que la maternidad no es elegir el color de la habitación del niño o niña, sino todo un camino para preparar a un ser humano recién llegado y que salga al mundo a ser feliz, valiente, seguro, y exitoso. Y las madres pueden repetir los patrones que sus madres les enseñaron o pueden ser inteligentes y crear nuevos patrones de educación sana y emotiva.

Entonces, cuando ya hemos tomado consciencia de que nuestra madre actuó con nosotros, como ella pensó que era correcto, y que además ella sólo repitió lo que aprendió de su madre, podremos perdonarla. Podremos aceptar su victimismo, sus miedos, su ansiedad, su perfeccionismo, su carácter exigente o duro, su necesidad de quedar bien, su interés de meterse en todo, sus duelos no resueltos, sus frustraciones amorosas, su necesidad de complacer a otros, su modo de ser en que ella acepta quedarse al último.

Nuestra madre simplemente es e hizo con nosotros, lo que ella pensó o creyó que era lo correcto en su momento. Cometió errores, sí, y ya no vamos a cargar con ellos.

Aceptando, por fin podremos perdonar. Perdonando a nuestra madre, nos liberamos de ese dolor que arrastramos sin sentido.

Fuente: http://bit.ly/1Ti4xKQ Por: Elizabeth Romero Sánchez y Edgar Romero Franco

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